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Hornachuelos en los autores de la Antigüedad

Los autores que han tratado o escrito algo sobre Hornachuelos se detectan desde fechas muy antiguas, siendo quizá los primeros, además de San Eulogio con sus referencias a Ananellos y a San Abundio, los árabes, como el viajero y geógrafo Al-Idrisi, en cuyas crónicas, en pleno siglo XII, aparece el nombre Furnuyûlush y otros topónimos locales, como la referencia al río Ambassar (Bembézar), al castillo de Murad (Moratalla), siendo al parecer Ibn al-Abbar, ya en el siglo XIII, quien se refiera al mismo como furnuyulush o furnaywelush.

En todo caso, según diversos expertos en la época, el nombre actual de Hornachuelos sería de origen mozárabe, derivando de la palabra fornix-icis, con el significado de "bóveda subterránea", "túnel" o "roca agujereada". En raíz, todas estas palabras derivan de fornax, porque los hornos de alfarero solían construirse con forma de bóveda. De ella deriva también hornacho, "concavidad que se hace en la montaña para extraer minerales".

En todo caso, no debe olvidarse que en época árabe se registra la existencia de algo tan importante para la historia local como lo que parece fue el efímero Reino de Taifas de Hornachuelos y Constantina, a cuya cabeza estuvo el reyezuelo Ibn Marwan hacia 1148, en ese periodo de convulsión que supone el paso del poder de los almohades a los almorávides.

Ello ha sido puesto de manifiesto muy recientemente por el médico, académico y arabista Antonio Arjona Castro, que ha señalado cómo, al reducirse los efectivos militares del imperio almorávide de Al-Andalus por su necesidad de traslado a África para contrarrestar a los almohades, las gentes de Al-Andalus comenzaron a alzarse contra las autoridades, expulsándolos y exterminándolos. Esta reacción comenzó a manifestarse en los últimos años del emirato de Alí ben Tashufin, y fue agravándose hasta la desaparición de su dinastía en marzo de 1147. De esta manera volvía a fragmentarse la unidad política andalusí, en unos segundos reinos de taifas, que no alcanzaron la extensión, ni territorial ni cronológica, de los surgidos cuando la extinción del Califato Omeya, ni tampoco su aparato de poder y fulgor cultural.

El cualquier caso, ningún otro hecho de la historia parece haber afectado a Hornachuelos de manera más preeminente desde el punto de vista de lo político, y el mejor ejemplo material de ello, su mejor símbolo, es el tesorillo de lingotes de oro almohade, conocido como Tesoro de Hornachuelos, que se conserva en el Museo Arqueológico y Etnológico de Córdoba. De ahí también la justificación del título de esta colección.

No obstante, las fuentes comienzan a ser más abundantes a partir de 1240, tras la conquista de Córdoba por Fernando III el Santo, en que Hornachuelos es citado a propósito del repartimiento de las tierras que hizo el Rey en el Libro de las Tablas, concretamente a propósito de las tierras y jurisdicción concedidas a la Iglesia. Luego, en 1254, se conceden a la ciudad de Córdoba las aldeas de Hornachuelos y Moratiella en recompensa por la villa de Cantillana, como se deduce de la Primera crónica de este Rey, no dejando de aparecer ya en la documentación relativa a la Edad Media, como ha puesto tantas veces de manifiesto con sus trabajos José Manuel Escobar Camacho, uno de nuestros cronistas locales.

Es a partir de este momento cuando aparece ya documentación en el Archivo Municipal, pues el documento más antiguo que en el mismo se conserva es un pleito firmado por los Reyes Católicos en 1496, siglo en que Hornachuelos también será referenciado en obras literarias tan importantes como el Laberinto de la Fortuna, del poeta cordobés de Juan de Mena.

Más tarde, las noticias se van volviendo más y más abundantes. Así, durante el siglo XVII - época en que fue feudo del Condado de los Hoces o Foces –, con el establecimiento en él de la Inquisición a partir de 1620, cuando El Convento de Santa María de los Ángeles ocupa primerísimo lugar en la Crónica del Padre Guadalupe, o un misterioso poeta de nombre Fernando Pedrique del Monte, originario de La Puebla de los Ángeles, hace del mismo una rimbombante loa de extraordinaria belleza, la Historia Moderna de Hornachuelos comienza a echar sus cimientos.

Y no lo será menos en el siglo XVIII, donde no sólo aparecerá ampliamente tratado en el Catastro del ministro Ensenada, sino también en ese tipo de obras de carácter general debidas a la nueva mentalidad ilustrada, como la Población General de España de Juan Antonio de Estrada, aparecida en Madrid en 1748. En todas ellas hubo de basarse Luis María Ramírez de las Casas-Deza para escribir su Corografía histórico estadística de la Provincia y Obispado de Córdoba, donde lógicamente y también de manera global, trató de Hornachuelos, testigo que para ese momento ha recogido en nuestros días Lola Cabanillas con sus diferentes trabajos sobre la hacienda municipal en el siglo XVIII.

Sin embargo, no será hasta el siglo XIX cuando el nombre de Hornachuelos se haga verdaderamente internacional, gracias a la pluma de don Ángel de Saavedra, Duque de Rivas, que inspiró parte de la obra por excelencia del Romanticismo, Don Álvaro o la fuerza del sino, en algunas de las tradiciones concernientes a su Convento de los Ángeles – cabeza de Provincia franciscana en su mejor momento -, y que después Giuseppe Verdi inmortalizaría en la ópera La forza del destino.

Apagado su esplendor con la Desamortización de Mendizábal en 1835, a los Ángeles le cupo otro momento fulgurante cuando se convirtió en residencia de verano de los Marqueses de Peñaflor, como pone de manifiesto su conservado Libro de visitas, donde describen la belleza del abrupto paisaje que lo circundan y las excitantes escenas de caza vividas en ella, plumas de la talla de Ortega Munilla, Joaquín Dicenta, José Zorrilla, Vital Aza, o el Conde de las Navas; como han puesto de manifiesto en diferentes artículos Manuel Gahete Jurado o José María Palencia, y como nos hizo ver el poeta hispalense de profundas raíces melojas José María de Castro y Velasco, mediante una memorable conferencia pronunciada hace algún tiempo en la Biblioteca Francisco Funes.

El misterio antropológico y cultural que siempre llegó al pueblo desde su importante convento franciscano, llamó la curiosidad de un ilustrado de ese tiempo como lo fue Alejandro Guichot y Sierra, que en 1896 dedicó todo un libro al lugar donde también dejó importantísimas noticias relativas al ámbito que nos ocupa con el sugestivo título de La Montaña de los Ángeles.

A partir de ese momento puede decirse que Hornachuelos no ha dejado de interesar, o ha sido famoso por diferentes circunstancias y hechos. Baste citar su importante aparición en el libro del norteamericano James Michener Iberia: Viajes y Reflexiones sobre España, imprescindible para todo hijo de los todopoderosos Estados Unidos que quisiera llegar a conocer la gris España franquista del momento. O su fama a partir de 1960 como consecuencia del matrimonio de los reyes de Bélgica Balduino y Fabiola, a los que no se le ocurrió mejor cosa que pasar su interrumpida luna de miel en la soledad del antiguo Monasterio de San Basilio del Tardón, arropado por la benevolencia de don Julio Muñoz, entonces poseedor de la desamortizada hacienda. Hasta el Nóbel Camilo José Cela nombra a Hornachuelos en su Primer viaje andaluz.
25.12.2009 15:44:32
R.Román
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